No te pido que te muevas, flor, que las diosas no caminan. Vengo a verte y adorarte, de corazón, como aquel que peregrina. A rezarte, no a regarte, siempre fiel a tu doctrina, con el miedo lanzado de empezar, sabiendo que todo termina.
Hoy luces guapa, se ve que te dio el Sol. No es que luzcas mustia otras veces, sino hoy se ve tu resplandor. Tallo fino y uniforme, pétalos del más bonito color. Que hoy luzcas más bonita no significa que, otros días, del montón.
No sé si es que me gustas más, o si te veo de otros tintes. El suelo, páramo infernal, y tú no te rindes. Duele, si se cae un pétalo, y no finges. La cabeza gacha se resguarda del Sol que la quema y avergüenza, pero del que vive. La mano de la que se come no se muerde, porque sabe a pétreo arrecife.
Hoy, insisto, luces más flor. Como más linda por fuera y sana en tu interior. Será el reflejo de las gotas del rocío de la madrugada que se esfumó. Será que tus ojos dejaron de ser rojos para volver a su color.
Fui un observador y, de ahí, jardinero y cultivador. Ahora soy casi herbívoro, amante y cautivador porque, si bien una flor no se mueve, se marchita, si quiere y no puede, y sus hojitas como sus ojitos van cambiando el color y su forma de expresión. Así es como expulsan las gotitas de rocío que rocían el mantillo que las alimenta e interpreta el corazón.
Mécete, baila al son que te soplen. Que te ayuden y, si lo necesitas, que te adoren. Que vengan a regarte cada día, esperando tiempos mejores. Que te cuiden y te mimen, que entreguen todos sus corazones, porque espero que, cuando te demuestren lo que yo te he demostrado, decidas crecer a su lado. No antes, sino entonces.
El Sol sale, debo irme. Te protegí una noche más, no voy a rendirme. Cuando el Sol se ponga volverás a tenerme para cuidarte de nuevo. Cuidar una flor en la noche no es fácil, pero quiero demostrarte que, sin ser un Sol, yo también puedo.
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