El tiempo, frío en este invierno, nos busca y encuentra. Quiere un cuerpo sano y una mente abierta. Quiere que la fuerza de dos manos sujeten una actitud despierta. Ese tiempo, que se acabará algún día, quiere que disfrutemos, mientras, a tientas si caminamos juntos, ciegamente si miramos el pasado, y sordos si critican cada cosa que no hagamos.
Siempre le hice caso, y aquí me hallo. Juzgo, sin prejuicio, y fallo. Por definición, no por ensayo. Como siempre le di la razón y no me queda palabra, callo. El tiempo enmudece, pero de manera activa. Él no calla, porque lo tiene todo que decir en nuestra vida.
Démosle la razón, pues la merece. El tiempo siempre musitó “nada es lo que parece” y, con el tiempo, se demostró su verdad que, con el tiempo, es lo único que crece. El tiempo se alimenta de tiempo, reproduciéndose en él mismo, y así es como permanece. Implacable, intalterable, intangible e imparable. Derrotando mentiras con la verdad por delante.
Hagamos un ejercicio de somera inducción: Si no nos ha fallado, no creo que se vuelva bribón. Si nos ha sonreído, por algo habrá sido y creo que es la solución: aunque me aleje un tiempo, el tiempo pasa, y el tiempo llega. Disfrutemos con la calidez del verano cada otoño, y hagamos del invierno nuestra propia primavera.
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