Cuando el amor se aleja; o se desvanece en el horizonte, o se hace más visible en el recuerdo... Aunque hayan dicho siempre que más vale un valiente vivo, que un cobarde muerto, el amor, que no mata sino hace enloquecer, te priva de sentirte cuerdo cuando careces de él.
Y la carencia no es la falta, sino la no plenitud. Cuando lo tienes te llena, y quedas totalmente a oscuras sin su luz. Es más fuerte que cualquier cariño, más fuerte que la razón e, incluso, más fuerte que tú. Es más fuerte que el destino, que la religión, hasta capaz de controlar tu salud. Puede curarte, o enfermarte sin límites y, pese a la paradoja, algunas veces cuando enfermas de amor curas tu existencia y te explicas por qué es por lo existes.
“Sana sanita”, y un beso te curó. Un corazón herido se vanagloria de la herida del que lo hirió, pero un corazón herido se cura, sólo, si le saca la daga aquel que se la clavó.
Esperando, pues, el tiempo pasa. La herida se abre y cierra, pero no sale de casa. Esta dentro, ya queda menos, para su “sana sanita sana”, su caricia en el pecho, y su beso debajo de las sábanas. Ya queda menos para un abrazo de almohada, para una caricia ocular con forma de mirada. Ya queda menos para su particular resurrección porque ahora se muere de ganas.
“Ya queda menos”, frase que aboga resignación, desilusión y desaliento. De todos modos, no he visto enunciado más cierto. El tiempo no se puede parar, aunque pueda sentir que se para, con cada uno de tus besos.
Cuando el amor se aleja; o se desvanece en el horizonte, o se hace más visible en el recuerdo y, este escrito, es una buena muestra de ello.
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